lunes, 4 de febrero de 2013

Fátum (III). El desenlace.

29 de diciembre, aeropuerto Leonardo da Vinci-Fiumicino. Apenas unas horas separaban a Noa de su destino. Tareq y Raisha decidieron tomarse un café mientras esperaban la llamada de su vuelo. La puerta de embarque se abrió y, después de facturar las maletas, llegaron al primer control. El personal del aeropuerto, solo aquel día, era muy familiar para Noa. Daniela, su compañera de habitación en la Midrasha, fue la encargada de registrarla y pasar por alto la pistola FIE Titán que escondía en su bota derecha. Ya en el acceso al interior del avión, Raisha conversaba con Tareq mientras avanzaban lentamente con su equipaje de mano. Sintió un empujón. Era Aarón, un ingeniero aeronáutico del Mossad que había intentado, no pocas veces, invitarla a cenar. Iba caracterizado de auxiliar de cabina de vuelo. Él se disculpó en italiano, cruzaron una mirada cómplice y no volvió a verle.
 
Esquivando pasajeros despistados y maletas inoportunas,llegaron a la fila 21. Noa empezaba a inquietarse. ¿Dónde estaba Yakar? Solo quedaban quince minutos para el cierre de la puerta de embarque. Tareq, totalmente ajeno a la misión de la que era protagonista, no podía ocultar la emoción de volver a su querida Palestina. Su rostro reflejaba serenidad y alegría. Ambos ocuparon sus asientos.
 
Tareq escuchaba música, imaginando y recordando, cuando vio a un niño judío tratando de colocar, sin mucho éxito, la mochila en los compartimentos superiores de su fila. El joven palestino se levantó de inmediato para ayudar al chaval; Noa observaba atentamente la escena. Las azafatas comenzaron el protocolo de despegue. Tareq cogió la mochila del niño y la subió. Al levantar los brazos dejó al descubierto una cicatriz en su costado derecho.
 
Esa cicatriz… Noa empalideció. La maldita mano le retorció el estómago con más fuerza que nunca. Esta vez el golpe en el pecho fue insoportable. Cerró los ojos y el subconsciente comenzó a proyectar recuerdos. Escuchó gritos, disparos. Volvió a verse en el centro de menores. Olía a pólvora. Vio a dos niños árabes atemorizados, corriendo por un estrecho pasillo con las paredes amarillas, tratando de huir. La pequeña Noa siguió corriendo, pero su hermano tropezó. Un soldado le propinó un golpe con su arma en el costado derecho, arrancándole un trozo de piel. Su hermano de grandes ojos oscuros, su hermano al que no había vuelto a ver. Su hermano...
 
Noa volvió en sí.

De repente vio a Yakar, dos filas delante de la suya. La miró con gesto amenazante. Los motores del avión comenzaron a sonar.

lunes, 28 de enero de 2013

Fátum (II)

24 de septiembre, Roma. Tras hacer los contactos pertinentes, Tareq salió de la Gran Mezquita de Roma, situada en la ladera del Monte Antenne, cerca del río Tíber. Israel le había denegado el permiso de residencia durante dos años, por lo que emigró a Jordania. Pocos meses después decidió trasladarse a Roma para no levantar sospechas, y desde allí impulsó un nuevo movimiento de resistencia palestino.
 
Era una tarde soleada. A lomos de su viejo scooter, Tareq contaba los días que restaban para volver a su Belén natal. Dos meses. Solo dos meses y estaría en tierras palestinas, oliendo a incienso y a té, pisando sus difíciles y empedradas calles, leyendo el Corán en su mezquita y reencontrándose con los suyos. Estaba impaciente por volver.
 
Se dirigió a Via Cavour, donde había quedado con Raisha, la nueva identidad de Noa. Todos los jueves, desde que se conocieron en la mezquita tres meses atrás, charlaban animadamente, en árabe y durante horas, en la cafetería Sicilia. Habían encajado a la perfección, de una forma misteriosamente auténtica. Religión, historia y actualidad eran los temas de conversación habituales. Pero esa tarde de septiembre Noa debía abrir paso definitivamente a Raisha, y relatarle a Tareq su inexistente pasado. Comenzó describiendo sus supuestos años de escuela en Jericó; probó una cucharada del helado de stracciatella y saltó al campus de la Universidad de Ramallah, donde estudió Psicología y Asistencia social. Él la escuchaba con atención y gesto sonriente. Otra cucharada más y Raisha ya estaba rememorando sus últimos meses en Jerusalén bordando pañuelos y ayudando a los niños del barrio con las tareas del colegio… Tareq la interrumpió. Cogió con delicadeza su pequeña mano, la encerró entre las suyas y carraspeó. Levantó la mirada y clavó sus impresionantes ojos negros en los de ella. Raisha contuvo la respiración. Noa también, aunque le costó.
 
-Allàh ha estado contigo. A mí me ha puesto a prueba tantas veces… tantas como aleyas tiene el Corán, pero estoy agradecido. Con apenas seis años participé en la primera Intifada, lanzando piedras contra los soldados israelíes encargados de reducir la revuelta en Belén. Sentía que cada piedra arrojada me acercaba un poco más a mis padres… -se detuvo para sonreír a aquel niño, miró de reojo tratando de recordar su cara y suspiró. Pudo continuar, pero con el gesto más serio.
 
-Tres soldados entraron en mi casa un martes de verano y dispararon a quemarropa. Vi cómo los mataban. Solo pude coger en brazos a mi hermana y salir corriendo. Ni siquiera me despedí de ellos.
Raisha le miraba con dulzura y comprensión, prestando sus oídos a un hombre que necesitaba liberarse de su secreto más doloroso. Mientras, el privilegiado cerebro de Noa buscaba en su mente los documentos sobre el terrorista que tenía en frente y que había leído miles de veces. Ni rastro de los espantosos detalles que estaba escuchando. Los sueños y las cicatrices no quedan reflejados en los historiales, pensó.
 
Tareq se humedeció los labios, a la vez que soltaba la mano de Raisha para coger el vaso de agua. Bebió y reanudó su sincero relato.
 
-Aquel día me hice mayor. Sentí que nadie merecía ver aquello, y menos un niño. Con 14 años me uní a la resistencia. Cambié las horas de juego por entrenamiento militar. Sé que me entiendes, la sangre palestina corre por tus venas igual que por las mías.
 
Noa trataba de aguantar, pero sucedió lo inevitable. Otra vez el golpe en el pecho, el nudo en la tripa. Se vio a sí misma en el centro de menores, corriendo asustada por un pasillo con las paredes amarillas. Oía gritos, disparos.
 
-Raisha, ¿me oyes? - Tareq estaba a su lado, acariciándole la frente. Estamos en el hospital. Has perdido el conocimiento, pero no te preocupes, ya estás bien.
 
Tras recibir el alta, dos horas más tarde y con recomendación de reposo dada por el doctor de guardia, cogieron un taxi. No cruzaron ni media palabra en todo el trayecto. Aunque varias preguntas rondaban su mente, Tareq no quiso incomodarla y en ese momento ni Raisha ni Noa hubieran sido capaces de responderlas. Noa se enfureció consigo misma; era la primera vez que esa maldita sensación la llevaba al hospital. Sabía que ponía en peligro la operación, pero no lograba entender qué le pasaba. Aunque Tareq se empeñó en acompañarla a casa, consiguió convencerle para que la dejara en el portal.
 
Presa de la incertidumbre, abrió la puerta resoplando y murmurando en hebreo. Dejó las llaves en el poyete del hall, el bolso en el perchero y antes de encender la luz se percató de una presencia en el salón. En la oscuridad, adivinó la enorme silueta de un hombre sentado en la cheslón. Cogió apresuradamente la pistola escondida en la tercera baldosa del recibidor y con la otra mano pulsó el interruptor de la luz.
 
- ¡Ya…Yakar! ?exclamó con la voz temblorosa, reponiéndose del susto.
 
Noa imaginó el peor escenario: que un responsable del Mossad se desplazase al extranjero para sacar a un agente de una misión ya iniciada era humillante. Solo había un resquicio para
el honor en forma de excepción, recogida en el reglamento interno: que la propia seguridad del katsa estuviera en peligro. Pero ella estaba convencida de que no era el caso. Tareq estaba controlado. ¿Qué había hecho mal? ¿Acaso su desmayo...? ¿Por qué otra razón podría estar allí Yakar?
 
Una vez Noa se tranquilizó, preparó la cena. Mientras, Yakar le explicó que las circunstancias habían cambiado, que no podían garantizar su seguridad en Roma y que él no iba a permitir que la agente más completa que tenía a su cargo corriera ningún riesgo, por pequeño que fuera. Ella hacía preguntas, pero él no podía responderlas. Ya sabes cómo funciona esto, decía. Debes confiar en nosotros… La misión continúa, pero me han encargado controlarla in situ y volver con vosotros a Israel. Noa asintió con la mirada, entre la rabia y la sensatez. Esa noche Yakar no quiso dormir con ella, y tampoco la besó.
 
Los meses siguientes transcurrieron con relativa normalidad, aunque el desenlace de la misión se acercaba y la tensión era cada día mayor. Yakar se había instalado en el mismo edificio que Noa. No se entrometía demasiado en su trabajo, pero se mostraba incomprensiblemente arisco cada vez que Noa aportaba nuevos datos del pasado de Tareq.
 
Mientras, la relación entre Raisha y Tareq crecía cada jueves, por lo que resultó fácil saber qué día había elegido el palestino para volver a su tierra tras dos años en el exilio. Noa apuraba las noches para preparar la fase final de su misión, que tendría como escenario el aeropuerto de Tel-Aviv. Consiguió que Tareq dejara en sus manos la compra de los billetes, por lo que reservó los dos asientos en la misma fila. Él debía ser el último pasajero en salir del avión. Las autoridades israelíes, por su parte, habían dispuesto todo para que la seguridad de los viajeros y turistas no se viera comprometida. Casi medio centenar de agentes disfrazados de paisanos velarían por el correcto desarrollo de la operación en el segundo control del aeropuerto.

miércoles, 23 de enero de 2013

Fátum (I)

Calle Bab El-Jadid, 13 de mayo. Noa esperaba impaciente a Raid Cohen, su contacto en el barrio cristiano de Jerusalén. Llevaba unos pantalones vaqueros y una casaca rosa regateada esa misma semana en el bazar. Un shayla blanco cubría su larga melena rizada y resaltaba su profunda mirada. Convertirse en palestina suponía, para una mujer como ella, el sacrificio más tortuoso que debía realizar para llevar a buen puerto su nuevo cometido. Miraba de reojo cada persona que pasaba a su lado y jugueteaba con las piedras del suelo. Decidió apoyarse en un pequeño muro, como queriendo pasar desapercibida y fundirse con el decorado, o tal vez queriendo relajarse. Eran las once y media de la mañana cuando sintió un golpe en el pecho y una mano retorciéndole el estómago, pero no le dio tiempo a asustarse. Raid estaba allí.
 
Cinco horas y dos tés morunos más tarde Noa tenía en su poder toda la documentación y material necesarios para emprender su misión: el billete del vuelo a Roma, su tercer pasaporte falso, el Corán, un dossier con toda la información de su objetivo que incluía historial médico, penal y laboral… Solo llevaba cinco años trabajando para el Mossad,  sin contar los tres años de preparación psicológica y física en la Midrasha, al norte de Israel, pero su enorme talento, inteligencia y frialdad hicieron que su jefe Yakar confiara en ella para detener a Tareq ben Ahmed.
 
Noa afrontaba su última noche en Jerusalén. No había nacido allí, pero creció entre sus murallas y absorbió tanta magia como rencor. Un matrimonio judío la recogió del centro de menores en el que vivía con su hermano mayor. Nunca supo qué fue de él. Tampoco quiso buscar a sus padres biológicos. Era un tema demasiado doloroso del que no hablaba con nadie, ni siquiera consigo misma. Con 18 años comenzó su servicio militar en la base de los Altos del Golán, donde Yakar se dedicaba a reclutar nuevos katsas2. Rodeada de balas y duros enfrentamientos de los que se llevó una marca imborrable en su bello rostro, Noa cumplió 21 años. Yakar hizo el resto.
 
Aquella tarde se acercó al muro sagrado, a su muro, pero aguardó prudente en la parte alta del mirador, disfrazada de palestina. Tenía terminantemente prohibido acercarse a cualquier sinagoga, y por supuesto al Muro de los Lamentos. Su nueva identidad requería huir de todo lo que desprendiese aroma hebreo; llevaba meses viviendo como una mujer árabe, integrada en una comunidad musulmana de Jerusalén Este. Observaba con emoción y envidia a los judíos, sus hermanos, que acudían al rezo diario. Suspiró satisfecha ante la mirada desconfiada de un joven soldado.
 
Después de dejar a buen resguardo toda la documentación en el piso protegido que le habían facilitado a las afueras de Jerusalén, subió al Monte de los Olivos. Allí se sentía a salvo, lejos de todo. Debían de ser las seis de la tarde. La luz del sol caía temerosa, fusionándose con la cúpula dorada del Domo de la Roca e impregnando de naranja y amarillo el horizonte. El viento soplaba fuerte, arrastrando consigo los cánticos del cuarto rezo musulmán del día. Con el gesto contrariado, Noa se sentó en un banco mientras se quitaba el pañuelo con cierta rabia, queriendo volver a su ser. Intentó dejar la mente en blanco, pero el golpe en el pecho y la mano retorciéndole las tripas ocupaban todos sus pensamientos. Era algo con lo que cargaba desde que tenía uso de razón, un repentino malestar que la ahogaba con más frecuencia en los últimos meses. Tras someterse a infinidad de pruebas, los servicios médicos del Mossad descartaron cualquier patología, y ella... ella prefería tirar por la borda cualquier hipótesis que apuntara a su pasado.