miércoles, 23 de enero de 2013

Fátum (I)

Calle Bab El-Jadid, 13 de mayo. Noa esperaba impaciente a Raid Cohen, su contacto en el barrio cristiano de Jerusalén. Llevaba unos pantalones vaqueros y una casaca rosa regateada esa misma semana en el bazar. Un shayla blanco cubría su larga melena rizada y resaltaba su profunda mirada. Convertirse en palestina suponía, para una mujer como ella, el sacrificio más tortuoso que debía realizar para llevar a buen puerto su nuevo cometido. Miraba de reojo cada persona que pasaba a su lado y jugueteaba con las piedras del suelo. Decidió apoyarse en un pequeño muro, como queriendo pasar desapercibida y fundirse con el decorado, o tal vez queriendo relajarse. Eran las once y media de la mañana cuando sintió un golpe en el pecho y una mano retorciéndole el estómago, pero no le dio tiempo a asustarse. Raid estaba allí.
 
Cinco horas y dos tés morunos más tarde Noa tenía en su poder toda la documentación y material necesarios para emprender su misión: el billete del vuelo a Roma, su tercer pasaporte falso, el Corán, un dossier con toda la información de su objetivo que incluía historial médico, penal y laboral… Solo llevaba cinco años trabajando para el Mossad,  sin contar los tres años de preparación psicológica y física en la Midrasha, al norte de Israel, pero su enorme talento, inteligencia y frialdad hicieron que su jefe Yakar confiara en ella para detener a Tareq ben Ahmed.
 
Noa afrontaba su última noche en Jerusalén. No había nacido allí, pero creció entre sus murallas y absorbió tanta magia como rencor. Un matrimonio judío la recogió del centro de menores en el que vivía con su hermano mayor. Nunca supo qué fue de él. Tampoco quiso buscar a sus padres biológicos. Era un tema demasiado doloroso del que no hablaba con nadie, ni siquiera consigo misma. Con 18 años comenzó su servicio militar en la base de los Altos del Golán, donde Yakar se dedicaba a reclutar nuevos katsas2. Rodeada de balas y duros enfrentamientos de los que se llevó una marca imborrable en su bello rostro, Noa cumplió 21 años. Yakar hizo el resto.
 
Aquella tarde se acercó al muro sagrado, a su muro, pero aguardó prudente en la parte alta del mirador, disfrazada de palestina. Tenía terminantemente prohibido acercarse a cualquier sinagoga, y por supuesto al Muro de los Lamentos. Su nueva identidad requería huir de todo lo que desprendiese aroma hebreo; llevaba meses viviendo como una mujer árabe, integrada en una comunidad musulmana de Jerusalén Este. Observaba con emoción y envidia a los judíos, sus hermanos, que acudían al rezo diario. Suspiró satisfecha ante la mirada desconfiada de un joven soldado.
 
Después de dejar a buen resguardo toda la documentación en el piso protegido que le habían facilitado a las afueras de Jerusalén, subió al Monte de los Olivos. Allí se sentía a salvo, lejos de todo. Debían de ser las seis de la tarde. La luz del sol caía temerosa, fusionándose con la cúpula dorada del Domo de la Roca e impregnando de naranja y amarillo el horizonte. El viento soplaba fuerte, arrastrando consigo los cánticos del cuarto rezo musulmán del día. Con el gesto contrariado, Noa se sentó en un banco mientras se quitaba el pañuelo con cierta rabia, queriendo volver a su ser. Intentó dejar la mente en blanco, pero el golpe en el pecho y la mano retorciéndole las tripas ocupaban todos sus pensamientos. Era algo con lo que cargaba desde que tenía uso de razón, un repentino malestar que la ahogaba con más frecuencia en los últimos meses. Tras someterse a infinidad de pruebas, los servicios médicos del Mossad descartaron cualquier patología, y ella... ella prefería tirar por la borda cualquier hipótesis que apuntara a su pasado.

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