29 de diciembre, aeropuerto Leonardo da Vinci-Fiumicino. Apenas unas horas separaban a Noa de su destino. Tareq y Raisha decidieron tomarse un café mientras esperaban la llamada de su vuelo. La puerta de embarque se abrió y, después de facturar las maletas, llegaron al primer control. El personal del aeropuerto, solo aquel día, era muy familiar para Noa. Daniela, su compañera de habitación en la Midrasha, fue la encargada de registrarla y pasar por alto la pistola FIE Titán que escondía en su bota derecha. Ya en el acceso al interior del avión, Raisha conversaba con Tareq mientras avanzaban lentamente con su equipaje de mano. Sintió un empujón. Era Aarón, un ingeniero aeronáutico del Mossad que había intentado, no pocas veces, invitarla a cenar. Iba caracterizado de auxiliar de cabina de vuelo. Él se disculpó en italiano, cruzaron una mirada cómplice y no volvió a verle.
Esquivando pasajeros despistados y maletas inoportunas,llegaron a la fila 21. Noa empezaba a inquietarse. ¿Dónde estaba Yakar? Solo quedaban quince minutos para el cierre de la puerta de embarque. Tareq, totalmente ajeno a la misión de la que era protagonista, no podía ocultar la emoción de volver a su querida Palestina. Su rostro reflejaba serenidad y alegría. Ambos ocuparon sus asientos.
Tareq escuchaba música, imaginando y recordando, cuando vio a un niño judío tratando de colocar, sin mucho éxito, la mochila en los compartimentos superiores de su fila. El joven palestino se levantó de inmediato para ayudar al chaval; Noa observaba atentamente la escena. Las azafatas comenzaron el protocolo de despegue. Tareq cogió la mochila del niño y la subió. Al levantar los brazos dejó al descubierto una cicatriz en su costado derecho.
Esa cicatriz… Noa empalideció. La maldita mano le retorció el estómago con más fuerza que nunca. Esta vez el golpe en el pecho fue insoportable. Cerró los ojos y el subconsciente comenzó a proyectar recuerdos. Escuchó gritos, disparos. Volvió a verse en el centro de menores. Olía a pólvora. Vio a dos niños árabes atemorizados, corriendo por un estrecho pasillo con las paredes amarillas, tratando de huir. La pequeña Noa siguió corriendo, pero su hermano tropezó. Un soldado le propinó un golpe con su arma en el costado derecho, arrancándole un trozo de piel. Su hermano de grandes ojos oscuros, su hermano al que no había vuelto a ver. Su hermano...
Noa volvió en sí.
De repente vio a Yakar, dos filas delante de la suya. La miró con gesto amenazante. Los motores del avión comenzaron a sonar.
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